Prensa
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04/02/06 – M2 – Página/12 Un clásico autogestionado
04/2006 – Hecho en Buenos Aires Avellaneda Hollywood
04/2006 – lavaca.org Susan Sarandon y Tim Robbins en una fábrica recuperada
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10/05 Manufacturing a new Argentina – Briarpatch – (Full article at the author’s site) (Briarpatch magazine)
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AVELLANEDA HOLLYWOOD
Por Julián Massaldi
La mano grande y curtida ofrece un cenicero de vidrio, sencillo y opaco, como regalo de despedida; lo recibe una mano femenina, delicada y manicurada. El cenicero es un recuerdo del primer producto que salió de la fábrica recuperada, y une dos mundos que podrían no haberse cruzado jamás: el del esfuerzo silencioso y cotidiano de los obreros de Cristal Avellaneda por llevar adelante la fábrica gigantesca que recuperaron, y el de dos estrellas de la industria cinematográfica de Hollywood como Susan Sarandon y Tim Robbins, para quienes el anonimato, en cualquier lugar en el que estén, es casi una quimera. Pero el encuentro se dio, gracias a la política de puertas abiertas de los obreros de la ex-Cristalux y la curiosidad militante de la pareja más politizada del show business estadounidense. El resultado: un intercambio emocionante en el que trabajadores como Osvaldo Donato y Ricardo Tránsito pasaron a ser los protagonistas y narradores de una historia que ni el mejor guionista podría haber escrito, mientras que Susan Sarandon y Tim Robbins fueron esta vez los espectadores cautivados. Hecho en Buenos Aires fue testigo de este encuentro que no figuró en ninguna revista de celebridades ni programa de chismes.
CUANDO DURAX ERA PARA TODA LA VIDA
Sobre la avenida Yrirgoyen al 2000, en el partido de Avellaneda, se eleva la mole imponente de la fábrica antes conocida como Cristalux. De aquí salieron durante décadas las piezas de vajilla de Durax, una marca que se hizo sinónimo de platos irrompibles y calidad. La fábrica ocupa cuatro hectáreas, y parece conformar un pueblo entero, con calles internas de empedrado y paredes de ladrillo rojo, ennegrecido por el tiempo. Por encima de la entrada, la fachada contiene un relieve impresionante que representa a unos heroicos trabajadores del vidrio usando la técnica del soplado, todo en un estilo cercano al realismo socialista (o a la épica peronista).
Pero en el 2001, lo que se podía ver en la puerta era una carpa; ahí dormían algunos de los trabajadores de la fábrica, cerrada desde noviembre de 1999. Este camping urbano tenía la finalidad de cuidar lo que quedaba de la planta, saqueada hasta dejarla limpia de toda pieza de valor: cables, válvulas, materiales, nada se había salvado. Cuando los obreros formaron su cooperativa, Cristal Avellaneda, y obtuvieron el permiso para ingresar a la fábrica a inspeccionarla, muchos de estos hombres se quebraron al ver lo que habían hecho con su lugar de trabajo durante tantos años. Pero a pesar de semejante adversidad, hoy la fábrica produce 50 mil platos por día y da trabajo a casi cien obreros. La historia de este resurgir de entre las cenizas (literalmente) de la fábrica es la que Osvaldo y Ricardo les contaron a Susan Sarandon y Tim Robbins mientras paseaban por la enorme planta, entre el ruido de las máquinas y el calor del vidrio derretido.
VISITANTES ILUSTRADOS
Dentro del mundo de superficialidad y relaciones efímeras que es Hollywood, la pareja de Sarandon y Robbins se destaca por muchas razones; algunas menores, como los 12 años de diferencia que los separan (ella, 59; él, 47) o la longevidad de su relación (están juntos desde 1988, tuvieron dos hijos); y ante todo, sus posturas políticas críticas, que expresan tanto en sus trabajos como en sus apariciones públicas. Por ejemplo, en los Oscars de 1993, cuando aprovecharon la presentación conjunta de un premio para denunciar al gobierno “progre” de Clinton y el hacinamiento de refugiados haitianos en la base de Guantánamo, lo que les significó ser criticados hasta por sus propios colegas. Al igual que en el 2003, cuando fueron de los pocos que alzaron la voz en contra de la invasión a Irak desde el principio, cuando la campaña mediática era asfixiante.
De los dos, ella es la más reconocida como actriz, gracias a roles como el de “Thelma & Louise” o la monja humanista de “Mientras estés conmigo”, por el que ganó su Oscar. Él también tiene en su pasado papeles importantes como actor (protagonista en “Grito de Libertad”, “El gran salto” o “Río Místico”) y también dirigió tres películas: la ya mencionada “Mientras estés conmigo”, el falso documental “El ciudadano Bob Roberts” sobre un político populista de derecha en campaña, y “The cradle will rock”, que muestra el rol social del teatro crítico en medio de la Gran Depresión estadounidense de los treinta. Tiene la expresión permanente de un niño al que se le acaba de ocurrir una travesura.
Ambos son hijos de los politizados fines de los sesenta, ella por haber sido una estudiante universitaria en Washington DC y él por haber crecido en medio de la contracultura del Greenwich Village neoyorquino. Juntos, tomaron la decisión de aprovechar el poder que da la celebridad y el dinero de Hollywood para llevar agua a otros molinos menos mediáticos y más necesitados. El cinismo que puede despertar esta idea de gente famosa que quiere hacer el bien (recordemos a Bono de U2) desaparece en cuanto se los conoce en persona y se percibe el entusiasmo con el que hablan de las causas que persiguen y los valores que las promueven.
Cuando fueron invitados al Festival de Cine de Mar del Plata, se comunicaron con sus amigos canadienses Naomi Klein y Avi Lewis, quienes habían pasado 9 meses en el país filmando el documental “La Toma” en el 2003, para pedirles contactos con argentinos que pudieran darles una visión de los movimientos sociales locales durante su breve estadía. Así fue que, recién regresados del Festival, cenaron con los periodistas independientes de La Vaca, los documentalistas autores de “Raimundo” y la próxima “Corazón de fábrica”, y miembros de la ONG La Base que asiste a cooperativas y recuperadas. A lo largo de la cena se tocaron temas como el clima de neoconservadurismo cultural en Estados Unidos, el control monopólico de los medios, la versión teatral de “1984″ centrada en el tema de la tortura que Tim estrenó hace dos semanas, el rol de la mujer en los movimientos sociales latinoamericanos y el feminismo del norte, todo mientras en la mesa de al lado, un hombre festejaba ruidosamente sus ochenta años para finalmente terminar sacándose una foto con los dos actores. Después, una visita a la milonga Grisel, y vuelta al hotel a reponerse para la visita del día siguiente.
CON CHAPLIN EN LA FÁBRICA DEL GUASÓN
El viaje del lobby reluciente del hotel Four Seasons a la ex-Cristalux resultó muy ilustrativo como introducción a la historia argentina más reciente: pasamos del lujo exclusivo y excluyente de la fiesta menemista de los noventa a los galpones y fábricas cerradas del cinturón industrial del conurbano. Entre medio, las construcciones decrépitas de San Telmo y Constitución, las casas tomadas y edificios sin terminar dieron una idea de las condiciones de vida de quienes quedaron afuera del reparto. Cada tanto, Susan capturaba algunas de las imágenes en su cámara: la gente que pide en los semáforos, hombres sentados en el umbral de su casa sin nada que esperar, un grupo de chicos a la entrada de un conventillo. Mientras tanto, la pareja iba preguntando por el origen del fenómeno de la recuperación de fábricas; a Susan, sobre todo, le interesaba el inicio, el primer momento de decisión de oponerse a la resignación y entrar a la planta. “Quisiera saber cuántos son en ese primer grupo, cómo se genera esa chispa”.
Finalmente, llegamos a la fábrica. La entrada a Cristalux no muestra garitas de seguridad ni cámaras que filmen todo; es un socio de la cooperativa el que abre la puerta de hierro y nos da la bienvenida. Pero no hay un gran comité de recepción, porque aunque es un sábado a la tarde, todos los obreros están en plena producción. Apagar los hornos es demasiado costoso, así que hasta Navidad, no se para en ningún momento.
Somos nuestros propios guías entonces, mientras subimos escaleras hasta llegar a una puerta común y corriente. Pero al abrirla, todos enmudecen frente al espacio vasto y ruidoso de la fábrica en actividad. Es como entrar al set de filmación de la primera Batman, con los golpes de calor y el bufido que se sienten cada vez que sale del horno un trozo irregular de vidrio candente, cae sobre él la matriz, y cuando se retira, vemos un plato o vaso al rojo vivo y con sus bordes en llamas. Los dos actores sacan sus cámaras y buscan captar cada detalle de la línea de producción hasta que llega Osvaldo para conducirnos por la planta.
Osvaldo es uno de los históricos socios de la cooperativa, y vivió todo el proceso de recuperación. Sus compañeros lo apodan Chaplin, por razones que se hacen evidentes al tenerlo en frente. Una vez que él se recupera del asombro al reconocer a sus “turistas” de hoy, empieza el recorrido por la línea de producción, con el horno reparado por los trabajadores con los fragmentos que quedaron de los otros dos. “¿Existía este horno cuando retomaron la fábrica?”, pregunta Susan.
Osvaldo le responde: “No, este horno lo arreglamos nosotros. Cuando entramos, esto estaba totalmente destruido. Y nosotros también. Así que estuvimos un año y meses sin cobrar nada, arreglando la fábrica, porque acá no había quedado casi nada, se habían robado todo. Las matrices para hacer la vajilla, principalmente. Piensen que había 1500 modelos de platos, y hoy quedaron dos. Por eso tenemos que ramificarnos”.
A Tim todavía le cuesta creerlo: “Y entonces ¿cómo hicieron?” “Bueno, vendimos cartones que encontramos aquí, y chatarra. Después empezamos a buscar debajo de las máquinas, y rescatábamos platos, vasos, y se los dábamos a las mujeres. Los lavaban, armaban packs de seis, y yo los llevaba en bicicleta a verdulerías, carnicerías, panaderías. Hacía el trueque, que estaba de moda. Con eso volvía con algo de comida. Estábamos como en la edad de las cavernas. ¿Saben por qué? (Se toca el estómago) Por el hambre, y el frío. Veníamos a la fábrica como podíamos: colados en el colectivo, colados en el tren, otros caminando. Yo hacía 80 cuadras en mi bicicleta. Ahora que viajo en colectivo, es un lujo para mí. Y acá está el hombre que hizo posible que esto pueda volver a funcionar”.
Ahí se nos une Ricardo Tránsito, un ingeniero que regresó de su jubilación para unirse a la aventura. “Yo estuve la primera noche en la carpa, pero después me tuve que ir porque tenía que mantener a mi familia de algún modo. Cuando entré a lo que era mi antigua oficina, y la vi cubierta hasta acá (señala a la altura de su cabeza) de escombros, me puse a llorar. La lucha la hicieron ellos (señalando a Osvaldo), y después me llamaron. Yo ya me había jubilado, pero vine igual, porque esto fue siempre lo mío. Después de mi apellido, Durax era lo que más me identificaba. En la cooperativa hasta estuvo mi hijo, que ahora se fue porque se recibió de médico”.
Susan no deja de investigar el punto que más le interesa: “¿A quién se le ocurrió, quién fue el primero en llamar?” Pero Ricardo no puede darle un nombre individual que la satisfaga: “Y…fue entre todos. Los vecinos nos avisaron que se estaban robando cosas, y ahí decidimos reunirnos en la puerta; unos le avisamos a otros, se armó la cadena, y el 25 de mayo del 2001 nos reunimos. Eramos casi doscientos, ahí, aunque después la mayoría se fue a buscar otra cosa. Al día siguiente de la reunión, armamos la carpa en la puerta entre cinco”.
Tim busca saber quiénes entraban a robar. Circunspecto, Ricardo le contesta en voz grave: “Nosotros llegamos a averiguar con bastante certeza que era la gente del sindicato”. La respuesta lo impacta, recordando su abuelo militante del gremio gastronómico. En frente tenemos una línea de producción apagada, más pequeña, que parece la versión deforme de la que vimos al entrar. “Éste era el horno anterior, donde veníamos produciendo hasta que prendimos el grande”, vuelve a tomar la palabra Osvaldo. “Lo tuvimos que armar acá, no había línea de producción. Al principio nos quedaba al ras del suelo y entonces no había distancia para que caiga la gota, así que tuvimos que romper el piso y ponerle una base fuerte de hierro para que aguante las máquinas. Y trajimos la prensa, sin tractores, nada; con sogas, y con ésto”, y flexiona el brazo señalándose el hombro. El orgullo que muestra al contar su gesta es evidente. Ahí nos damos cuenta de que toda esta línea está armada dentro de un agujero irregular hecho en el grueso piso que nos separa del subsuelo, donde entran los camiones para dejar la materia prima de vidrio reciclado y componentes químicos, y para retirar las cajas de productos. Pasamos por donde se descartan los productos fallidos y los buenos se empaquetan. Susan toma uno de los vasos descartados y mientras lo mira a trasluz, dice casi para sí misma: “Ahora que estoy más vieja, me gustan más las cosas que tienen algún defecto.”
Finalmente, nos llevan frente al primer horno que lograron armar con los restos de los demás, una construcción del tamaño de un horno de barro doméstico. “Con esto empezamos, antes de que volviera Ricardo. Fabricábamos ceniceros y salíamos a venderlos. Con esa plata fuimos comprando de a poco las piezas que faltaban para armar el otro horno.”
Tim busca saber qué cosas amenazan a la cooperativa desde adentro; Osvaldo no tiene pudor en contar los problemas de una cooperativa: “A veces pienso que es más fácil levantar una empresa en ruinas que concientizar a la gente. Hay gente que no entiende que aquí estamos todos juntos. Se manejan como si tuvieran un patrón nuevo. Yo les digo: “No, ésto” (y aferra una viga que sale del piso) “es tuyo. Y algunos me dicen: ‘Yo trabajo las ocho horas y me voy a mi casa.’ Entonces, esto es un proceso. Hay gente que pone el corazón, pero otra no pone nada”.
Otro peligro es la competencia: Rigolleaux, la marca que domina el mercado y que no juega muy limpio. “Te decía que tenemos que ramificarnos porque en la competencia hay monstruos muy grandes. Monopolios ¿se entiende? En un momento descubrimos que la competencia nos había metido gente infiltrada entre los aspirantes a entrar a la cooperativa. Como no teníamos productos químicos, el color de la vajilla lo conseguíamos a ojo. Pero de golpe lo que queríamos hacer azul, salía verde. Revisamos la máquina y vimos que le tiraban cosas, tornillos, tuercas, cualquier porquería. Nos querían hundir. Tuvimos que ir depurando a esa gente. Es que cuando nosotros empezamos se reían porque el trabajo lo hacíamos soplando y a mano, como hace cien años. Pero cuando nos automatizamos se empezaron a preocupar”. Ricardo sonríe: “Antes hacíamos 2.000 platos y ahora que tenemos el horno de 40 toneladas hacemos 50.000″. Igualmente, mantienen el trabajo artesanal del soplado, porque hay clientes que prefieren ese tipo de productos que las grandes fábricas ya no pueden proveer.
Osvaldo sale a buscar un cenicero fabricado en aquellos momentos difíciles, y nos espera en la puerta. Fuera de la planta, después de las fotos de rigor y los abrazos sinceros, Susan muestra el cenicero que se llevan de regalo y se dirige a los obreros y las mujeres que se reunieron en la entrada: “Cada vez que que esté en un mal día y necesite recuperar mis fuerzas, voy a mirar mi cenicero de Cristalux para recibir inspiración.”
LA SOBREMESA
El almuerzo tardío fue en una cantina de La Boca, donde los dos actores fueron repasando las emociones que les había dejado la visita cuando no estaban atendiendo a la gente que venía a saludarlos o a sacarse fotos, o enfrentando la tarea de ingerir las enormes porciones de pucheros y tortillas.
Para Tim, “Lo bueno de lo que vimos es que es muy de sentido común. La fábrica está cerrada, te quitaron el empleo, y podés intentar recuperarlo sin quejarte, sin lamentarte, sin pedir nada. Mi trabajo está al otro lado de la pared y tengo que treparla para llegar al trabajo. En vez de entrar por la puerta simplemente lo haré por otro lado, o romperé la puerta. No se trata de “obreros del mundo uníos”, no es la corrupción de lo que era el socialismo o el comunismo. Es una idea muy simple de cómo llevar adelante una empresa. No me gustan los extremos de la derecha y la izquierda. Y la corrupción de izquierda realmente me enfurece. Recuerdo que en la época de las protestas en la plaza Tiananmen, estaba en la librería ‘Revolution Books’ en Nueva York, y en el fondo había una reunión de algún mínimo partido de izquierda, y hacían apología del gobierno chino; decían que todo era propaganda occidental. Yo no podía creerlo. Pensé: mierda, qué ciega que está la izquierda. Pero ocurre en los dos lados, derecha e izquierda: en cuanto existe una estructura de poder, empiezan a querer controlarte. Bajo el gobierno de Clinton, todos estaban encantados con él porque su discurso era seductor, pero aunque decía otra cosa, Clinton profundizó el modelo económico apoyando el aumento de las ganancias de las corporaciones; allí estuvo su mayor traición para mí. Bajo el disfraz de progresista, quedaron pueblos destruidos. En mi país, la propuesta es que nos politicemos cada cuatro años. Sólo cada cuatro años. Republicanos contra Demócratas, como una competencia divertida. Para mí eso no tiene sentido. Lo pienso una y otra vez, y llego a lo mismo: el poder está siempre del mismo lado”.
Susan finalmente tenía respuestas para su obsesión sobre el inicio de los cambios: “Es que en esa cuestión está la información de cómo nacen las chispas que después pueden llegar al resto del mundo. En esos detalles, cuando nos contaron cómo hicieron las cosas, se comprende cómo la imaginación permite que alguien pueda ser protagonista de su propia vida. Es muy tranquilizador conocer cómo puede actuar la fuerza del espíritu humano bajo la adversidad, en estos tiempos donde tantas otras personas se comportan como ovejas. Uno se pregunta por qué la gente no se enoja, por qué no reclama más, por qué no defiende a sus vecinos, por qué no quiere la verdad. Aquí uno ve un modelo de algo totalmente diferente. Ver que la gente común puede producir cosas tan extraordinarias es una esperanza en el futuro para todos”.
Gracias a lavaca.org por fotos y desgrabaciones
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